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EL MURO DEL ESCRITOR

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Gemma Guerra Santiago

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ADORACIÓN...POR ELLA

Alta, mujerona, imponente, risueña, cariñosa, guasona, presumida... pero sobre todo, buenísima persona.
La recuerdo vestida de negro, con su delantal de cuadros, sus zapatillas negras y medias tupidas, con sus enaguas blancas, su moñito de trenza larga y blanca, pendientes negros y su olor tan peculiar a colonia Heno de Pravia. La podía ver desde lejos subir por la calle Honda, dirección a casa tarde tras tarde. Llevaba un cubito azul colgado de su brazo. Hiciese frio o calor nunca faltaba a la hora de la merienda. Mi madre ya lo tenía todo preparado, la palangana con agua, el peine, la toalla, la colonia y el espejo... era casi un ritual. Siempre entraba por la puerta de la portada y siempre decía lo mismo “¿hay alguien?”. Yo salía corriendo del comedor o bajaba las escaleras para ir a darla un beso y ella siempre me decía “GUAPOOOONA”, me encanta esa palabra, más que cualquier otra y ella no me daba un beso, me daba cientos, de esos de carretilla.
Se sentaba en la silla alrededor de la mesa del comedor, frente a un espejo pequeño de tocador, mi madre la deshacía el moño y la peinaba su larga cabellera, después le ataba una coleta a la altura de la nuca con una cinta negra, posteriormente la hacía una trenza gruesa y terminaba finita, finita que la llegaba a la cintura, terminaba enrollándola y cogiéndola con las horquillas. El toque final siempre lo hacía mi abuela, se miraba coqueta frente al espejo, cogía el peine y se sacaba de los lados pelo para que la cubriese las orejas. Terminado este tramo del ritual, mi madre se iba a la cocina y preparaba la merienda, mientras mi abuela se limpiaba la cara y la nuca con colonia...
Siempre se sentaba en el sofá frente a la televisión, hablaban de sus cosas y después se salía a la portada a ver a sus gallinas, las hablaba como si fuesen personas y las regañaba si no habían puesto suficientes huevos, menuda era... Los domingos siempre subía la ropa para que mi madre la lavase y luego ella la tendía en la soga al sol.
Todos los domingos subía a comer con nosotros y nos traía el periódico “YA”. La gustaba comer con “gasolina”, para nosotros gaseosa, no era de hacer sobremesa, se terminaba de comer y enseguida teníamos que quitar la mesa porque decía que los angelitos estaban sufriendo, jajajaja, yo me lo creía.
Recuerdo ir a su casa y jugar con ella al “Pimpirigaña Montecabaña”, al parchis, a la oca, al cinquillo... Me cantaba las canciones de antiguamente, me contaba historias de años atrás, sus vivencias. A pesar de que era manca, cosía a máquina y nadie la ayudaba en las tareas de la casa, la tenía como los chorros del oro, era buenísima cocinera. La sopa de cocido, uhhhh!, que rica, con esos fideos que venían hechos un ovillo y había que aplastarlos para que se cocieran, el cochifrito y las “rebanadas de aire con un poquito de caldo”, jajajajaj, sus meriendas con bocadillo de chocolate o con pan, vino y azúcar. La gente la tenía un respeto que algunas veces parecía que la temían, jajajaajaj, siempre que iba a algún sitio con ella no tenía que esperar mi vez, nos despachaban al instante y nadie decía ni pio, tenía una guasa y un arte que no se podía aguantar, se reía de su sombra, pero nadie se reía de ella.
Me conozco su vida de penurias y alegrías porque tanto ella como mi padre se han encargado de contármela, pero en cada vivencia siempre hay una sonrisa e incluso una carcajada, la manera en que lo contaba ella y como me lo cuenta mi padre hacen que parezcan chistes en lugar de la vida misma.
Con ella si tengo fotos, recuerdo un día que me vestí de Comunión expresamente para tener fotos con ella. Se llamó al fotógrafo que por aquel entonces era un familiar mío, subió​ todos los achiperres, la columna romana, el paraguas, las luces, etc y nos pusimos a posar, pero en un momento dado para todo y me dice: “anda guapona, sal al jardín y corta unas rosas y me las traes”, pues con vestido y todo salí al jardín a por las rosas para mi abuela y tan guapas que salimos.
Cumplía años el día de la Virgen y siempre nos invitaba a un helado de corte y lo celebrábamos en la portada.
La quise con locura y ella también a mí, todos los momentos vividos con ella los recuerdo con alegría. Se fue a los 84 años sin hacer ruido y sin dar “guerra”. Pidió verme pocas horas antes de morir y a pesar de lo malita que ya estaba no me faltaron los besos de carretilla ni el “GUAPONA”.
Me quiero consolar pensando que las dos están juntas, para mi abuela, mi madre era una hija y una madre para mi madre. En mi casa siempre hemos dicho que mi abuela se la llevó a los seis meses de su partida.
ADORACION, la mejor abuela que he podido tener.



VIVENCIAS

Primeros Recuerdos
Mi primer recuerdo es más o menos cuando tenía 3 años, me recuerdo tumbada en la banca marrón con colchón de lana bien mullidito y cojines de ganchillo hechos por mi madre. Esta estancia se encontraba como habitación de paso para ir, a la derecha a un salón, al frente un baño y a la izquierda a una pequeña cocina, desde la cual se subía por unas escaleras a la cámara donde era mi lugar favorito, lleno de chismes viejos y donde me inventaba mis propias historias. No era nuestra casa, sino la casa del padre de mi madre, al que tendría que llamar abuelo, pero ese nombre le quedaba muy grande.
Era verano y estaba enferma con varicela, tenía muchos picores y mi madre me confortaba soplándome y dándome polvos de talco, un bote azul con el dibujo de un niño. Estaba desnudita porque tenía heridas por todos lados, hasta dentro de la boca y en la nariz. Lloraba y lloraba sin consuelo y era inevitable el no arrascarme por más que mi madre me dijese que me iban a quedar cicatrices de por vida (como así fue).
En aquella casa vivimos cuatro largos años. Recuerdo la calle de tierra y piedras, a mis vecinas la tía Pilar la Cabalita, vestida siempre de negro y con un moñito, que me dejaba entrar a su casa y jugar entre el serrín y la madera. A la tía Sagrario, que a la pobre un tren le arrebato a su marido cuando cruzaba la vía con su mula y el carro, recuerdo ese día como si fuese ahora, el bullicio de la gente entrando y saliendo. A mi querida Emiliana que me cuidaba a ratitos cuando me pasaba a su casa, gran mujer y gran persona. En esa calle también vivían los Litris, la carnicería de toda la vida y donde mi madre me mandaba con una lechera a por leche fresca. También estaba la tienda del tío Fotre y la relojería de Tahona, donde me cogí los dedos de la mano con la puerta porque siempre estaba entrando y saliendo. Aún recuerdo el tic-tac de todos los relojes y ese olor tan característico. Durante los años que viví allí tenía como amigos de juegos a Ana y a Loren, mis vecinos, también recuerdo a Fabri y a su hermano Jose, que no vivían allí, pero iban casi todos los días a casa de sus abuelos. El juego que recuerdo era matar hormigas con agua, un juego de riesgo, jajajaj.
Recuerdo al pregonero con su trompetin y el “Por orden del señor Alcaldeeee, se hace saberrrr...”, al tío Meterio y su ristra de liebres, perdices y su lotería y tómbola, al tío Emiliano y su abultada agenda donde anotaba los pagos que las mujeres le hacían por la compra a plazos de mantelerías y otros útiles. A las gitanas que iban con sus talegos a cuestas llenos de tonterías pero que tenían mucho arte para engañar a las vecinas y que les comprasen los ajuares a las hijas.
Tenía unos vecinos de pared con pared que eran familia de sangre, pero no de afectos, el padre de mi madre y la dueña de esa casa eran hermanos (tal para cual). Recuerdo unas navidades en las que yo tendría tres años, como mucho, en la que no sé por qué razón pasé a esa casa, la cual me daba mucho miedo, ya que siempre estaban chillándose, el caso es que recuerdo pedir un vaso de agua y en lugar de esto me dieron anís del mono, una y otra vez, total que llegué a mi casa muy malita y mi madre por prudente no les dijo nada.
No tengo recuerdos seguidos, pero sí recuerdos ocasionales que los tengo tan grabados a fuego que creo que en la vida los podré olvidar.
Un día, recuerdo que me hacía mucho mucho pis y cuando fui a entrar al baño, el padre de mi madre me dijo que me saliese que iba a entrar él a afeitarse, como no me podía aguantar, lo único que se me ocurrió fue hacerlo en una caja de zapatos, pero tuve la genial idea de sacar las zapatillas. Pensé que nadie se daría cuenta, pero, oh, oh, cómo no se iban a dar cuenta...al rato oí los chillidos del padre de mi madre y entonces corrí y me metí debajo de la mesa del comedor, allí nadie me encontraría (pensé mal una vez más). De pronto sentí un fuerte dolor sobre mi costado, se levantaron las faldas de la mesa y ahí estaba con su semblante serio y autoritario reclamándome el haberme meado en su caja de zapatillas, me dio un bofetón y me dijo de todo, hasta que al llegar mi madre paró conmigo y siguió chillándola a ella, yo tendría de tres a cuatro años, porque como dije al principio, con cinco años me fui a vivir a mi hogar, a la casa que construyeron mis padres con tanto sacrificio.
De este señor no tengo ningún recuerdo agradable ni bonito, solo recuerdo su desprecio hacia mi madre, mi padre y hacia mí.
Otro recuerdo de esta casa es el ver a mi madre embarazada de mi hermana pequeña, lo recuerdo haciendo la cama de su habitación y hablando de cómo sería mi hermanita, la cual por desgracia nunca llegaría a conocer, murió a los siete meses en el vientre de mi madre, pero no la provocaron el parto, la dijeron que a los nueve meses se pondría de parto normal... cosa rara, pero así fue, se puso de parto y a fecha de hoy nadie vió a la niña, ni partida de nacimiento, ni partida de defunción ni una sepultura donde ir a llorarla... quien sabe lo que pasó y por desgracia nunca lo sabré.
Un día hubo una discusión muy fuerte entre mi madre y su padre, (una de tantas… en las que el único que discutía era el padre de mi madre, porque ella, la pobre no rechistaba.), la decía como tantas otras veces que nos fuésemos a tomar por culo de su casa, pero al contrario que en otras discusiones, esta vez mi padre entraba por la puerta y lo escuchó todo, (mi madre siempre se lo había ocultado) entonces mi padre dijo que no se preocupase que iba a hacer lo posible porque nunca más se lo tuviese que decir y así fue, nunca más volvimos a esa casa a vivir.
Pasaron los meses y por fín llegó el tan esperado día, nos íbamos de esa casa donde tanto había llorado y donde tantas veces había visto llorar a mi madre sin que ella lo supiese. Me veo subida en el remolque lleno de muebles, bueno, lleno, lleno no, porque sólo nos llevamos lo que era nuestro, el dormitorio de mis padres y mi dormitorio, todo lo demás se quedó allí... ni falta que hacía, iba loca de contenta y cantando la canción de los payasos de la tele "en el auto de papa".
Hasta aquí mi vida en esta casa fría, oscura, triste... donde aprendí a caminar, a leer y sin yo saberlo... a madurar.



27 AÑOS SIN TI

27 años pasan volando tan despacio..........
Parece que fue ayer cuando me tenías entre tus brazos, cuando me acurrucaba en tus piernas y me quedaba dormida en el sol. Parece que fue ayer cuando iba agarrada de tu bracete, como tú me decías. Parece que fue ayer cuando hacíamos ese bizcocho riquísimo de aceite, el arroz con leche en la merendera, el flan de huevo de nuestras gallinas, el jabón casero, mover y mover sin parar, siempre hacia el mismo sitio porque se podía cortar, el arrope, la carne membrillo, las torrijas, rosquillas y arrepápalos, las albondiguillas guisadas y la japuta. Parece que fue ayer cuando blanqueábamos la portada con cal y lavativa en mano. Parece que fue ayer cuando echábamos de comer a las chivis, a los conejos, a los pavos y gallinas (yo no fui de peces, ni tortugas ni hamsters). Recuerdo como si fuese ahora cuando Cuqui se escapaba y a nadie escuchaba, solo te obedecía a tí. Aún tengo en mi boca el gusto de la sangre frita, la cual hacías una oración y ponías una cruz de paja para que no se cortase. Recuerdo como si fuese ahora el wasap de tu voz cuando querías que regresara a casa para comer o cenar, se te podía oír a cientos de metros de distancia... Geeeeeeeeeeeemmmmmmmmmmaaaaaaaaaa!!!!!!!!!.
Recuerdo como si fuese ahora las noches de verano, cuando la calor no nos dejaba dormir y extendíamos los colchones en el suelo. Esas navidades los cuatro solos con el mejor manjar, los entremeses variados, unas poquitas de patatas chips, la ensaladilla (que por desgracia no encuentro tu sabor en ninguna), los espárragos blancos, la pescadilla rebozada, la pepitoria y algún que otro langostino... (manjar de privilegiados) y de postre macedonia con un chorrito de María Brizar y el flan de huevo. Al terminar de cenar recogíamos rapidísimo para ver el especial de navidad y después... la película siete novias para siete hermanos... Cuando llegaba la noche de Reyes eras única, organizábamos todo para que cuando llegasen los peques creyeran de verdad que los reyes habían estado en casa. Ponías una cuerda desde tu dormitorio a la ventana del salón y colgabas todos los regalos... sus caras no se pueden describir.
Aprendí a montar en bici a los cuatro años en las eras de casa, aún tengo las cicatrices de las caídas en mis rodillas, las cuales curabas cargándome en tus piernas y cantando el sana sana culito de rana.
Recuerdo los baños en el tinajón de la portá y anteriormente en un barreño que recuerdo inmenso... luego vendría la piscina de palos y la lona del remolque.
Que veranos aquellos en los que rara era la tarde que no había tormenta y teníamos que salir corriendo a barrer la cebada y a taparla con lenzones para que la lluvia no la mojara.
Esos miedos tuyos que gracias a Dios no me inculcaste. Cuando había tormenta y tu afán era cerrar todas la puertas y ventanas, dejarlo todo a oscuras y desenchufar la Tv, frigorífico, etc y esconderte en el último rincón, yo me partía de risa y no paraba de moverme de un sitio para otro y a ti te llevaban los demonios.
Aún recuerdo la ilusión que te hizo cuando me eligieron dama infantil, lo disfrutaste más que yo.
Millones de recuerdos y vivencias junto a ti que me han marcado para todo la vida. Tanto me han marcado que soy parte tuya y tú eres parte mía. Muy a tu pesar me transmitiste tu melancolía, tu tristeza, tus penurias. Te quedaste sin madre con ocho años y por desgracia no tuviste mi suerte, la suerte de tener un padre, tuviste un cacho carne con ojos que te hizo sufrir hasta el día de tu muerte, nunca te quiso y por ende, nunca quiso a tu descendencia. Con ocho años dejaste de ser niña para convertirte en mujer con obligaciones pero sin derechos, criada y sierva. Te criaste sola y en lugar de echarte a la mala vida, fuiste una mujer con un corazón inmenso, a cada golpe tú dabas una sonrisa, a cada zarpazo una caricia, nunca fuiste rencorosa, lo poco que tenías lo dabas, no tenías nada tuyo, al contrario de lo que hacían los demás contigo, se aprovecharon de tí hasta después de tu partida. Has recibido tantos desprecios que ya ni te hacían daño, los echabas a la espalda y ya, Siempre has perdonado, siempre has puesto la otra mejilla e incluso la cara entera. En ese aspecto no te llego ni a la suela del zapato, eres una SEÑORA y yo aprendiz de ello.
Por tantas y tantas cosas que te han pasado en la vida eras como eras, excesivamente protectora, muy miedosa, muy insegura, te menospreciabas... y nunca lo pudiste superar.
Nunca querías hacerte fotos y con tu actuar no te diste cuenta que yo nunca tendría una foto contigo.
Te fuiste tan rápido y sin hacer ruido que me quedaron muchas cosas que decirte, muchas preguntas por hacerte, mucha vida por vivirnos, muchos besos por darnos, muchas caricias sin acariciarnos.
No existe hora del día que no te recuerde, no existe día del año que no te extrañe. No soy la misma sin tí, pero gracias a tí soy la que soy hoy. Te necesito como el comer y me consuelo pensando que algún día me reuniré contigo y recuperaremos tantos años perdidos.
Mi vida no es la que un día soñé, pero no me quejo, a cada marejada suelto velas, a cada caída me levanto y vuelta a empezar y en lugar de escribir felices por siempre... escribo... felices a ratitos, pero ese ratito puede con todos los malos momentos, porque al contrario que TÚ, soy del vaso medio lleno aunque no tenga ni gota, siempre para adelante y que más se puede pedir si tengo todo lo que deseo, familia a la que quiero con locura y a una MADRE que siempre está sin estar. Eres mi Dios, mi Virgen, mi Ángel de la Guarda y mi todo.
No me faltes nunca porque sin ti me perdería...



11 DE JUNIO

Eran las 8 de la mañana de un domingo cualquiera...todo en silencio, la luz del día entraba por la ventana. Una sensación rara sintió por el cuerpo, un escalofrió le decía que si se levantaba de la cama todo su mundo se desvanecería... Empezó a llamarla en voz baja... no había respuesta, un poco más alto... nadie contestaba...
Decidió levantarse para ver por qué no respondía...las puertas de los dos dormitorios estaban abiertas, como siempre...
Desde el arco de la puerta vio el escenario sin tener que acercarse mucho más... la distancia desde el descansillo al lecho era considerable, miedo, mucho miedo, terror... los segundos hasta llegar a ella parecían horas...
El reloj se paró para las dos...allí estaba ella, dormida, sonriendo, con esa cara de felicidad que la vida le negó.
La luz del sol entraba entre las cortinas iluminándole como a un Ángel, la llamó y seguía sin contestar, no sabía qué hacer, no paraba de llorar y preguntándose por qué a ella, por qué a ella, no quería dejarla sola, no quería separarse de ella, se armó de valor para soltarse de su cuerpo tendido y bajó las escaleras a ciegas, las lágrimas no la dejaban ver, descolgó el teléfono y gritó lo que había visto, al otro lado no la entendían, no acertaban descifrar su balbuceo con tanto sollozo y el resuello entrecortado era imposible... salió a la calle y gritó...
Mientras gritaba algo hizo que entrase de nuevo a la casa para subir despavorida por las escaleras, volvió al lecho donde su vida se había deshecho... se aferró fuerte a ella y apretando los ojos pedía que fuese un sueño.....un, dos, tres, despierta ya... no era un sueño... era la realidad, nunca más un te quiero, nunca más un mordisco, nunca más un beso, nunca más un achuchón, nunca más un consejo, nunca más un regaño... nunca más nada... nunca más, nunca más...
La gente empezó a llegar, todos pendientes del lecho, de ella nadie se percataba... se remetía entre las personas para intentar tocarla otra vez, para besarla por última vez... pero no la dejaron... se la llevaron y la encerraron en el baño... sola... aún hoy se pregunta el por qué lo hicieron, no la dejaron despedirse de su vida, de su mundo, de su todo...
Las horas pasaban y ella seguía ahí, a órdenes de la gente...¿dónde están las cacerolas, la sal?, había que poner cocido para la gente que llegaba... el médico se había ido y había que preparar la ropa para vestirla... ella también tenía que peinarse, hacerse una coleta y vestirse de negro. Faltan sillas...
La casa era un teatro, ir y venir de gente...los hombres en un lado y las mujeres en otro...
Nunca más pudo verla...estaba prohibido... la subieron a su cuarto para que durmiese... pero ella se pasó toda la noche asomada en la barandilla del portal de arriba... a su izquierda el cuarto donde todo había pasado... abajo el cuerpo de todo su mundo.
A la mañana siguiente la preguntaron que cómo estaba...
Hacía muchísima calor a las 10 de la mañana, toda vestida de negro, con una falda negra hasta los pies, medias negras tupidas y jersey de lana de cuello alto, el pelo largo recogido en una coleta...
El cortejo se encamina hacia la despedida... el protocolo era del medievo... quiso ir al cementerio pero era pecado, ese privilegio sólo era para los hombres y el alguacil del ayuntamiento. Encaminó sus pasos hacia la casa... no había sido suficiente el sufrimiento del día anterior, de la noche pasada y de la mañana que aún faltaba la última representación... gente y más gente desfilando por un escenario que sólo era suyo.
La casa se quedó con los justos, para su gusto sobraba alguien... pero no estaba en situación de decirlo... las sillas volvieron a sus casas, las velas y los cristos se fueron por donde habían venido, el caldo del cocido enfriado a la nevera, la carne picada para hacer croquetas...
Se pusieron a comer a la mesa, había que darse prisa para recoger cuanto antes... había que enseñar a la niña de 14 años a planchar... las mangas de la camisa de los hombres se planchan con raya en el medio y los pantalones lo mismo... agua fría para fregar los suelos en verano para que se refresquen... había prisa, mucha prisa porque cuando saliesen por esa puerta ya nunca se acordarían que dentro se había quedado una niña con 14 años sin lo más grande que la vida le había dado... SU MADRE.
Zurroneaban en su cabeza palabras tales como... mientras nosotros vivamos nunca vas a estar sola, vendremos para que no sientas su falta, cuenta con nosotros, etc, etc, etc... hasta hoy...
Se convirtió en el pelele de unos pocos, criada y sirvienta... sin voluntad ni decisión, pero eso sí... con mucha, mucha responsabilidad, la exigían lo que ellos no hacían y la reprochaban lo que ellos no hacían tampoco... un cuerpo de niña con acciones de adulto.
Nunca en ningún momento se les pasó por la cabeza a todos los que la criticaban lo que esa niña sentía, de lo que carecía, lo que anhelaba y era tan fácil como mirarla un segundo a los ojos... solamente un segundo... CARIÑO.
Ese Cariño y ese Amor que solamente ella sabía darla... SU MADRE.



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